Video: Los chalecos amarillos desbordan Francia y encienden protestas en España, Italia y Bélgica

El clima de insurrección se extiende. En el epicentro de Francia hubo más de 1.300 detenidos. Trump aseguró que se trata de un rechazo al Acuerdo de París contra el cambio climático.

 

 

La protesta de los chalecos amarillos que se originó como una resistencia del interior francés contra la eco tasa a las naftas, mutó a movimiento insurreccional bajo la consigna “Macron, Dimisión” y ahora empieza a configurarse como un movimiento de características revolucionarias de alcance europeo. La primer señal de este fenómeno se dio el viernes con protestas focalizadas en la autopista M-30 de Madrid y en el centro de Bruselas.

Esta sábado, con París, Marsella, Toulouse y otras capitales francesas bajo fuego, hubo protestas masivas en Bruselas y barricadas en Roma. En la península ibérica ya apareció un grupo autodenominado los “Chalecos Amarillos de España”, con un video que denuncia la baja presencia de las protestas en las televisoras -hecho real- y lanzaron un petitorio de corte socialdemócrata a la antigua, que plantea un regreso al Estado de bienestar clásico europeo, asediado hace décadas por reformistas como Macron (ver video).

El petitorio de los chalecos amarillos de España, incluye consignas como la suba del salario mínimo, el control del precio de las tarifas de electricidad, la nacionalización de recursos estratégicos, mejoras de los servicios de salud y educación pública y control estatal de los precios de alquileres y viviendas.

Así lo que comenzó como una protesta ante una medida puntual, acabó configurando un movimiento que nuclea a sectores de las clases de ingresos bajos y medios, que encontraron en los chalecos refractarios de los trabajadores de base, un símbolo universal. Estos chalecos son de uso obligatorio para los motociclistas, quienes primero reaccionaron a la suba de la nafta por la eco tasa que impulsaba Macron.

Esta sábado Paris volvió a ser el centro de irradiación de una revuelta que dejó un saldo de saqueos, ataques a comercios y autos incendiados, pese al impresionante despliegue de fuerzas de seguridad. Pasado el mediodía se contabilizaban 1.000 detenidos, 720 manifestantes en custodia policial pero sin detención formal y decenas de heridos por los enfrentamientos. Horas más tarde, los detenidos ascendían a casi 1.400 y los custodiados, a cerca de 1.000.

El chaleco amarillo empezó a consolidarse como un símbolo global del malestar de los trabajadores de ingresos medio y bajos que se sienten abandonados por las élites de las grandes capitales, que representan políticos como Macron, Obama o Trudeau.

No bastó que el presidente galo diera marcha atrás con el aumento de los combustibles -que había sido la consigna de la protesta del sábado anterior- ni que anunciara en conferencia de prensa que no iba a volver a permitir que “los violentos” tomasen las calles. Blindar el Arco del Triunfo y tapear las marquesinas de la avenida Champs-Élysées solo sirvieron para que los enfrentamientos cambiaran de escenario. La cantidad de heridos también se incrementó.

Las protestas cada vez mejor articuladas desde lo discursivo, empiezan a remixar la épica revolucionaria de la Revolución Francesa -pintan en las paredes grafittis con la histórica consigna “Libertad, Igual, Fraternidad”, así como otros momentos de gran agitación callejera como fue el Mayo Francés del 68.

El reclamo de los chalecos amarillos tiene el apoyo del 70% de los franceses. El clima de insurrección supera al observado en otros momentos de tensión social en París, como la crisis de 2008, la suba de la edad jubilatoria de 2010, o las quemas de autos de jóvenes desempleados en las periferias parisinas por el 2005. Esta vez, los chalecos cantan La Marsellesa -el himno de la Revolución Francesa- por las calles y la intercalan con el pedido expreso de la renuncia del presidente. Tal vez desde el Mayo Francés que la Ciudad Luz no atestigua un clima de revolución tan tangible.

En Buenos Aires, mientras Macri y Macron se felicitaban por el “éxito” del G20, Paris ardía. Fue el primer síntoma de un fenómeno de rechazo que Trump intentó capitalizar este sábado, con un irónico tuit: “Parece que el Acuerdo de Paris no le está funcionando muy bien a Paris”.

La semana pasada, al cierre de la Cumbre del G20, mientras París se convertía en una batalla campal, desde Costa Salguero, Macron se atribuía a sí mismo el mérito de haber unificado la posición europea antes de la reunión de los líderes respecto del reconocimiento del “sistema multilateral de comercio” y de haber cerrado filas con China en materia de cambio climático. Es decir, de volver a encabezar la oposición a los Estados Unidos en los dos temas clave de la confrontación con China.

En aquella conferencia de prensa en la que se ensalzó un triunfo sobre Trump, Macron dedicó escasos minutos a referirse a los disturbios en su país. Aseguró que se trataba de violentos que solo querían sembrar el caos y deslegitimó su reclamo. Nada dijo de que el malestar comenzó en el interior del país entre los trabajadores vinculados a la economía tradicional y que no ven ninguna oportunidad de mejora en la agenda internacional de las grandes urbes cosmopolitas.

Por el contrario, Macron volvió a enfatizar su agenda de la globalización, el multilateralismo y la lucha contra el cambio climático: “No haremos acuerdos con países que no adhieran al Acuerdo de París”, sostuvo el presidente de Francia en su paso por Buenos Aires, usando de paso el rechazo del brasileño Jair Bolsonaro al acuerdo contra el Cambio Climático como una excusdemorando a para seguir la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur.

Ya en ese momento, LPO señaló que acaso el G20 porteño permitió transparentar un fenómeno que ya cuesta ocultar: El divorcio entre líderes autosatisfechos que celebraban el éxito de una “cumbre” entre ellos, mientras las preocupaciones de sectores muy importantes de las sociedades que les toca gobernar, iban por carriles mucho más simples, como el encarecimiento del costo de vida.

                                     

Paris (y Buenos Aires) no es una fiesta

Se trata de una divergencia que Donald Trump, un férreo opositor al acuerdo contra el cambio climático, se apresuró  a aprovechar este sábado. “El Acuerdo de París no le está funcionando muy bien a París. Protestas y enfrentamientos por toda Francia. La gente no quiere pagar grandes sumas de dinero, en buena medida a países del tercer mundo (que son dirigidos de manera cuestionable) para quizás proteger al medio ambiente. Cántico ‘Queremos a Trump!’ Amo Francia”, tuiteó.

La agenda de la globalización se dio la cabeza contra la pared con el Brexit y la elección de Trump. La materialización del descontento de las clases medias empobrecidas por el proceso globalizador llegó a Francia en modo de chalecos amarillos que son fogoneados desde la izquierda, y en particular por la derecha extrema de Marine Le Pen y su discurso nacionalista.

Se trata de la irrupción de fenómenos que algunos etiquetan como populistas y que ya están articulando alianzas a ambos lados del Atlántico, desde The Movement que ensaya el ex ideólogo de Trump, Steve Bannon para unir a los movimientos de derecha de Europa y Estados Unidos, al movimiento espejo desde el “socialismo” que el senador demócrata Bernie Sanders, ensaya con dirigentes cercanos al Podemos de España y otros países del viejo continente.

Lo que parece irse diluyendo es el espacio de un centro socialdemócrata liberal, que supieron encarnar Felipe González, Tony Blair, Barack Obama y con el que acaso se tentó al inicio de su gobierno el propio Macri, que termina atrapado por las críticas desde ambos extremos del espectro ideólógico. Pero la situación, como en toda época de grandes cambios es confusa.

La ultraderecha irrumpe con fuerza en España y pone en crisis al socialismo

En España, el socialista Pedro Sánchez intentó recrear ese espacio tras provocar la caída de Mariano Rajoy y ahora enfrenta el ascenso de Vox, la expresión de extrema derecha española, que se emparenta con La Liga del italiano Matteo Salvini, que reunió una multitud a celebrar los primeros seis meses de gobierno con la consigna de “Italia levanta la cabeza”, en la que no faltaron partidarios con chalecos amarillos en apoyo del movimiento francés.

Fuente:(politicaonline).-

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