Una comunidad Wichi está forzada a ser nómade por las inundaciones.-

Quienes viven en La Esperanza, deben abandonar su territorio cuando crece el río Pilcomayo cada año y luego vuelven para comenzar de cero.-

                                                                                        FOTO ILUSTRATIVA. Indymedia Argentina.-

En la comunidad wichi La Esperanza, en el noreste salteño, hay niños dibujando, bebés que duermen en cunas de madera prolijamente montadas entre dos árboles, huertas, mujeres que cocinan con las verduras que cultivan mientras hablan de cuidados de salud, y cuatro canoas que utilizan sus pobladores cuando, cada año, el río Pilcomayo inunda el territorio, lo que los devuelve a practicar su ancestral nomadismo, y regresan cuando el agua se va para comenzar todo de nuevo.

La secuencia de la partida y el regreso la relata a Télam Miriam, mientras borda con destreza los baberos logrados gracias al reciclaje de jeans en desuso, una de las múltiples tareas que se desarrollan durante la mañana en el poblado originario donde viven 40 familias.

“Mi hija está en la escuela. Ella tuvo leucemia, pero ahora está bien”, comparte Rosa, mientras cocina una papilla de zanahorias y calabaza nacida en las huertas que hace junto a Matías, un veinteañero técnico agrario, que con el apoyo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) siembra y cosecha comunitariamente.

El comentario de la madre tiene un sentido, el que le da un flamante proyecto que une políticas estatales con estrategias de organizaciones sociales y Unicef para que funcionen Centros de Primera Infancia dentro de la comunidad.

Allí, dos acompañantes educativas capacitadas en educación y salud hacen diversas tareas, como asistir a las mujeres en la internación hospitalaria de sus hijos y luego, orientarlas para que sostengan el tratamiento médico. Es lo que hizo y hace Miriam.

Cómo usar los productos de la huerta es otra de las tareas que tienen las acompañantes, porque la cultura wichi no incluye el consumo de verduras, al igual que pasa con muchos criollos.

Antes y después de comer, las niñas y niños se lavan las manos, comen, se cepillan los dientes; algunos se disponen a dormir la siesta y otros optan por seguir dibujando y experimentando con juegos didácticos creados allí mismo, con los elementos de la naturaleza, que sirven para trabajar, por ejemplo, la motricidad.

“Empoderamos a las personas. Nuestras grandes aliadas son las mujeres para lograr lo que vamos logrando. Acá se construye a diario”, cuenta Mariela, coordinadora del proyecto, que tiene a cargo varias comunidades de la zona.

La Esperanza es eso, esperanza de que es posible una realidad distinta para las castigadas comunidades wichis, en una región del país, el Chaco salteño, “que compartimos con Formosa y Chaco y que tiene los índices de pobreza más altos del país”, reconoce el ministro de Primera Infancia de Salta, Carlos Abeleira.

Recorrer los 387 kilómetros que separan la capital salteña del departamento Rivadavia, donde está ubicada La Esperanza, implica transitar por ruta, que luego es ripio por más de 100 kilómetros, tramo que se inicia con un cartel que anuncia obras de pavimentación que no existen, y que luego es tierra, y más tarde terreno arenoso, allí donde ni siquiera hay caminos definidos y sólo se llega con gente del lugar, porque no hay Google map que oriente ya que no hay señal de telefonía ni de Internet.

Allí también hay otras realidades, distintas a las de La Esperanza. Para las 12 familias de La Purísima no hay huerta “porque no tenemos agua para regar, apenas para consumir”, dice Ariel, el cacique, bajo la mirada atenta de una anciana que comparte secretos de la medicina tradicional al lado del fuego, donde están reunidas las mujeres, y donde Haydeé, de cuatro años, regala abrazos y sonrisas dando la bienvenida a los visitantes.

“Nos gustaría reciclar ropa, tejer con chaguar -árbol del que extraen la fibra-, hilar con lana de oveja, hacer leña de algarroba, siempre de árboles muertos, nunca lastimando a los que están bien”, enumera la anciana a una representante del ministerio de Trabajo que anota para luego organizar cursos de capacitación en base a esos pedidos.

En los alrededores de los poblados del departamento, en La Unión, Rivadavia y Santa Rosa, se asientan otras comunidades, donde es palpable la influencia urbana, tanto por las necesidades como por las posibilidades de acceso a otros recursos.

Es notable el saber de las mujeres sobre la Asignación Universal por Hijo (AUH), un “derecho instalado”, resume Paz, asistente social de Anses que viene recorriendo con un equipo las comunidades bajo la atenta coordinación de Sergio Sánchez Gómez, director de Promoción Cultural y Desarrollo del organismo nacional, que antes de cada visita recuerda que hay que pedir permiso para ingresar a las comunidades, ser respetuosos y saber escuchar.

En Sol Naciente reciben al equipo formado por representantes de distintos organismos nacionales y provinciales con una espontánea asamblea donde circula la palabra armoniosa, los reclamos y los pedidos de información, mientras los niños llegan del jardín y van a jugar al borde de un enorme pozo descubierto donde el municipio decidió hacer una planta de tratamiento cloacal, a sólo 100 metros de las casas wichis.

En tanto, el Pilcomayo continuará dictando el ritmo de las partidas y los regresos para La Esperanza y sus alrededores, que siguen aguardando las políticas públicas que aún se necesitan para acompañar la voluntad sostenida de un pueblo que siempre vuelve a comenzar.

(Télam)

 

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