Macri busca cómo escapar del laberinto

Quedó enfrentado a los industriales en medio del derrumbe de la Bolsa y los tuits de Alberto Fernández.

Ningún escenario es propicio cuando la suerte viene cambiada. Sesenta mil personas esperaban el triunfo de River sobre Boca el último domingo en el Monumental. Pero la victoria no llegaba y la impaciencia se sentía a flor de piel. Un rato antes del comienzo del Superclásico, el Gobierno había anunciado la puesta en marcha de un nuevo esquema de control cambiario. El primero desde aquel cepo que Cristina Kirchner y Axel Kicillof instauraron a fines de 2011. En plena tarde dominguera, los argentinos volvían a la angustia y a la preocupación por el futuro económico. Y el economista cercano al peronismo, Agustín D’Attellis, escribía en su cuenta de twitter. “Con cepo de nuevo, me voy a ver a River”. Como muchos, pensó que ya habría tiempo para pensar en el destino de los ahorros en la mañana del lunes.

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Cuando faltaban veinte minutos para terminar el clásico, el lateral Milton Casco encaró con determinación para entrar al área de Boca. Lo cruzó justo Nicolás Capaldo para desparramarlo sobre el césped y evitar el gol de los locales. La multitud rugió pidiendo el penal pero el árbitro levantó los brazos y dejó que las acciones siguieran. La hinchada de River no sabía a quién culpar por la supuesta injusticia que luego se comprobaría equivocada. Y el canto con el insulto a Mauricio Macri surgió espontáneamente para adueñarse de la cancha por un par de minutos. El pasado presidiendo a Boca y el presente del país a su cargo lo convirtieron en el destinatario ideal. En ese contexto, mezcla de broncas, frustración y pasiones, el Presidente deberá transitar un camino en el que confluyen una gestión diezmada por la coyuntura y el intento improbable de conseguir su reelección.

Son días aciagos para Macri y no sólo por el fútbol. Su amiga de toda la vida, Mirtha Legrand, le cambia el adjetivo exitoso por el de fracasado. Y las disculpas posteriores no alcanzan para restañar la herida. Es diferente el estilo de la confrontación con el titular de la Unión Industrial Argentina, Miguel Acevedo, pero no por eso menos doloroso. Los industriales lo esperaron en vano a Macri el lunes por la noche, cuando celebraban su día. Pero el Presidente nunca fue a la cena y las fricciones de estos cuatro años con ese sector empresario volvieron a aflorar.

Acevedo le respondió a la mañana siguiente, en la entrevista que le hizo el periodista Luis Novaresio. “Para analizar su presidencia habría que dejar pasar el tiempo y ponerlo en perspectiva, pero creo que ha ignorado a la industria. Me parece que ha tratado de hacer muchas cosas en la parte institucional pero en la parte económica se fue encerrando en su círculo, que se habla a sí mismo”, explicó Acevedo, raspando de paso al jefe de gabinete, Marcos Peña, a quien los industriales acusan de haber privilegiado en estos tiempos al sector de los empresarios de servicios. Macri había llamado “llorones” a los directivos de la UIA y había alentado la aparición de los “unicornios”, los emprendedores que crecieron aferrados a la bandera de la innovación digital. Por eso, los pases de facturas sólo pueden sorprender a los distraídos.

 El símbolo de esa grieta es Marcos Galperín, el CEO de Mercado Libre, quien solía ser exhibido por Macri y por su gobierno como el ejemplo a seguir para el resto del empresariado. Paradojas del Círculo Rojo, esa entelequia diseñada por Jaime Durán Barba para denostar a los integrantes del poder económico que le plantearon las primeras críticas al macrismo. Galperín fue el empresario que se adelantó a visitar las oficinas de Alberto Fernández en San Telmo. Todavía no había pasado una semana de la victoria del candidato del Frente de Todos en las PASO pero ya se sabe: el oportunismo es hijo de la necesidad.No hay frentes pacíficos para Macri en estos días, quien este miércoles si estará para clausurar el encuentro de la Asociación Empresaria Argentina. Otro desafío importante en medio de las restricciones para comprar dólares, para transferir dinero al exterior y para liquidar las divisas producto de las exportaciones. Las medidas extremas del domingo lograron controlar el tipo de cambio en las primeras cuarenta y ocho horas pero el Merval registró el martes una de las peores caídas de los últimos tiempos. Las compañías, y sobre todo los bancos, sólo han visto reducir velozmente sus cotizaciones en un mercado que navega en la incertidumbre.

No es casualidad entonces que el Presidente haya hecho el esfuerzo de mantener la conexión con Alberto Fernández y con Roberto Lavagna. Ni que el ministro de Economía, Hernán Lacunza, como el de Interior, Rogelio Frigerio, les fueran anticipando la magnitud de las novedades económicas a los principales economistas de las fuerzas opositoras y a los referentes parlamentarios. Desde el viernes pasado, cuando Fernández habló de “default virtual” con The Wall Street Journal y volvió a poner en alerta naranja a los mercados, Macri optó por contener su enojo y extender las redes de consensos básicos que le permitan encarrilar las aristas más dramáticas de su gestión. Así es como busca escapar del laberinto.

No sirvió de mucho el intento. En la noche del martes, y mientras Lacunza intentaba transmitir algo de calma por televisión, Alberto Fernández escribía en su cuenta de twitter: “La Bolsa porteña no encuentra piso; el modelo económico de Macri generó recesión, pobreza y destrucción de valor en nuestras empresas más emblemáticas. YPF en los valores más bajos de la historia”, respondía el candidato en la madrugada extendida de Madrid. Las cosas van quedando claras. Que nadie espere gestos de grandeza en la carrera frenética hacia la elección del 27 de octubre.

La mejor noticia que ha tenido el Presidente para calmar la tormenta es el estilo sencillo de Lacunza al comunicar las medidas más complejas de este mandato. El ministro se complementa con el resto del gabinete y genera un piso de confianza imprescindible en este momento. Junto a Frigerio pero, sobre todo, junto a Horacio Rodríguez Larreta y a María Eugenia Vidal, han conformado un cuadrilátero por el que pasan la mayoría de las decisiones importantes.

Como sucede en todas las crisis, la velocidad del deterioro agiganta o empequeñece la imagen de los protagonistas. Y son varios los ministros que han pasado del protagonismo extremo de hace algunos meses a la invisibilidad de las últimas semanas. Rodríguez Larreta y Vidal han elegido el silencio en estas horas y buscarán el modo de poner en marcha otra vez sus campañas al comienzo de la semana próxima. Lo harán concentrándose en las necesidades de sus territorios y tratando de evitar que el tsunami que amenaza a Macri también se los lleve a ellos.

El objetivo más desafiante lo tiene el jefe de gobierno porteño, el único de ellos cuya expectativa electoral no necesita de un milagro. Rodríguez Larreta confía en que los habitantes de la Ciudad repitan esa rebeldía que en 1973 los hizo elegir a Fernando De la Rúa como senador para darle un color diferente a la mayoría aplastante que impuso Juan Domingo Perón. La misma rebeldía que empoderó a Aníbal Ibarra para abrir un flanco en la superioridad electoral que en la década del ’90 bailaba al ritmo de Carlos Menem.

El país adolescente se asoma una vez más hacia su abismo preferido. El que combina la ineficacia económica, la negligencia financiera y la irresponsabilidad política para caer un poco más profundo que en las ocasiones anteriores. Tan profundo quizás que corre el riesgo de llevarnos hacia ese lugar temido del que no es posible volver.

 Fuente: Clarin

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